lunes, 29 de septiembre de 2014

Fernando Laborda y Santiago Varela: el affair de los textos afanosamente plagiados


La Culpa no siempre es del otro

Viviana Taylor

 

Pocas cosas deben ser tan deliciosas para los lectores de columnas sobre la actualidad social y política como encontrar joyitas de este quilate. Lo sé porque me reconozco ávida lectora en general, y porque nada he hecho por disimular mi afición a los vericuetos y los melindros de los relatos de los medios.

Paso a contarles cómo me encontré con esta última delicia, porque mi deleite está vinculado con el comensalismo: los manjares me saben más deliciosos si tengo con quiénes compartirlos.

Resulta que el día viernes, como todas las mañanas de cada viernes, estaba escuchando Mañana es hoy, el programa de Roberto Caballero en Radio Nacional. Y fue allí que me encontré con Santiago Varela, quien con su usualmente delicada y ácida ironía, se despachaba contra el columnista de La Nación Fernando Laborda.

Paso a contarles de qué venía la cosa. Resulta que don Santiago Varela contaba que el caballero en cuestión (el del diario, no el del apellido) había publicado el 12 de septiembre su puntual columna, haciendo mención a él y su trabajo, sin tono ni concierto.

Sin tono porque, como contó el propio Varela al aire (y quedó registrado en la página de Radio Nacional) se valió de un texto escrito en otro contexto (valga la cacofonía) y dedicado a otro destinatario, para aplicárselo a Cristina, como si de ella se tratara. Por si fuera poco, le adjudicó a Tato Bores su interpretación (a pesar de que le reconoció la autoría) a modo de apelación a su autoridad para –más allá de la muerte, y erigiéndose en su interpretador de inciertas afinidades políticas actuales- golpear al gobierno por donde supuso que más iba a dolerle: a través de la palabra de quien durante décadas trascendió el humor y fue reconocido como uno de los más influyentes comentadores en clave popular de la realidad política y social argentina.

Y sin concierto porque, como también contó el propio Varela, don Laborda no le pidió autorización para valerse de su texto (cosa que hace en una extensión tal que podríamos calificar como de afanoso plagio, si no hubiese citado autor y si no fuese que más bien incurrió en una ¿malintencionada? tergiversación). Y no se lo pidió tal como tampoco se lo había pedido el 29 de junio de 2001, cuando recurrió a este mismo texto para defenestrar a otro presidente, cuyo nombre preferiría no recordar pero que no nos conviene olvidar: Fernando De la Rúa. Claro que aquella primera vez –ay, los errores y omisiones de las primeras veces…- olvidó mencionar que la autoría del original le correspondía a Santiago Varela, aunque ya le había adjudicado falsamente su divulgación a Tato. Parece que don Laborda corrige algunas omisiones, pero no puede dejar de incurrir en la mentira. Igual yo no cargaría las tintas sobre estas falsedades: después de todo, ya configuran un pacto entre autor y lector en el diario en cuestión: bien sabemos que de lo que solemos leer en La Nación probablemente la mitad no sea cierto, y la otra mitad… tampoco. Ni siquiera lo consideraría un diario periodístico, en el sentido de “informativo”, sino más bien una especie de publicación diaria de autoafirmación, para quienes necesitan reconfirmar continuamente que alguien más repite sus mismas obsesiones, a modo de terapia de reforzamiento y justificación para poder seguir siendo quienes son.

 
En síntesis, ¿qué podemos decir sobre la columna publicada por Laborda el pasado 12 de septiembre?
Que don Laborda no pide permiso para afanosamente inspirarse en textos ajenos para expresar lo que pretende, aunque el original no se refiriera a esa cuestión ni a esas personas ni a esa situación. El contexto, por ahora, nos lo debe.
Que don Laborda no es tímido al incurrir en una desviación de la verdad, a fin de aportar una cierta pátina de autoridad y prestigio a lo que pretende afirmar. Se ve que con su propio nombre y la solidez de sus argumentos no alcanza.
Que don Laborda es vago o –por lo menos- se está quedando escaso de ideas: está reciclando no sólo material de otros, sino material viejo. ¿Será que cree que nadie advertiría que ya había apelado a la misma columna, con las mismas palabras e idéntica estrategia, para defenestrar a otro presidente, con el país en otra situación y presidiendo otro modelo?
Que don Laborda es coqueto. Como una reversión de Dorian Gray, su retrato en la columna no envejece a lo largo de los años: mal hecho. En fotografías mucho más actualizadas (por caso, del año pasado, cuando expuso en la CADAL sus visión sobre el  escenario electoral que se avecinaba) se lo ve más robusto pero sin dudas también más favorecido. Sospecho que en su ponencia no citó a Varela ni a Tato: en territorio amigo, quienes van no necesitan disfrazarse de lo que no son. Claro, territorio amigo para ellos: para los intereses de nuestro país nada está más lejos que tener a esta agencia de la CIA en Argentina en semejante consideración.

Y a modo de cuestión derivada: ¿qué le está pasando a La Nación, que ya ni cuida la autoría de lo que publica? Porque el caso de Laborda no es único ni aislado: ahí no más lo tenemos a Nik, plagiador serial con una especial afición por Quino.

Uno es azar.
Dos es recurrencia.
Si encontramos un tercero, tenemos un patrón.
 

Viviana Taylor